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Atlante

LA NORMALIDAD DE LA LOGSE

Tirso Lacalle

(Obtenido de el semanal digital)

16 de julio de 2005. Un egregio profesor murciano aseguraba hace unos años que en un grupo humano "normal" puede haber un 80% de débiles mentales. No tengo aún claro si era un arrebato o una ponderada reflexión filosófica, pero es cierto que en todo tiempo y lugar la normalidad, para quien está de alguna manera por encima de ella, puede resultar asfixiante. Si esa normalidad es, además, impuesta como ideal, canon y meta, se generará en el seno de la comunidad una espiral vertiginosa hacia la mediocridad y hacia el conflicto. Y se terminará por dar la razón al escéptico maestro de tantas generaciones de sociólogos genoveses, cuando afirmaba, mohíno pero sereno, que "la que llamamos normalidad no es más que una forma leve de retraso mental".

La LOGSE en su preámbulo afirma que "la educación permite… avanzar en la lucha contra la discriminación y la desigualdad, sean éstas por razón de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión, tengan un origen familiar o social, se arrastren tradicionalmente o aparezcan continuamente con la dinámica de la sociedad". Y esas afirmaciones aparentemente inocentes, progresistas e intachables implican un proceso revolucionario que nuestra sociedad está padeciendo. Se está imponiendo la igualdad, es decir, se está extendiendo desde el sistema de enseñanza en la conciencia social la idea de que toda diferencia es una discriminación injusta, y de que en consecuencia sólo es deseable la aceptación universal de lo "normal". Es, por supuesto, un dogma totalitario como otro cualquiera; es incompatible con el normal funcionamiento de cualquier sociedad que desee funcionar a largo plazo, que siempre se basará en desigualdades; y supone, en fin, convertir en modelo la "normalidad" social.

José Javier Esparza ha considerado el igualitarismo, junto al individualismo y el universalismo, uno de los pilares de la ideología dominante, que define el poder y que recibe el más amplio consenso social: "Todos somos átomos iguales pero egoístas … en una existencia, en definitiva, sin sentido"; porque sólo la diferencia permite que la vida de las personas tenga guías, modelos, objetivos, caminos. La aceptación de la normalidad igualitaria implica una satisfacción inmóvil con lo existente. Y podrá haber críticas a los problemas del presente, pero precisamente por la ideología de la "normalidad" el ciudadano de a pie "sólo percibe los efectos, no las causas".

Naturalmente, junto a la jerarquía, la primera víctima de la normalidad ideológica es la enseñanza, o la educación en general. Si no hay un modelo superior que contemplar, si no hay una aceptación de la subordinación y de la inferioridad, si sólo lo "igual" y lo "normal" es bueno, ¿por qué aprender? ¿Por qué enseñar? La verdadera originalidad –que está en las antípodas de las modas simiescas de cualquier signo o de la tribalización cultural, estética o musical- será sospechosa o incluso reprensible. Sólo se enseñará, precisamente, a ser normal, y a integrarse útilmente en la normalidad. El diferente, especialmente el que expresamente rechace la normalidad, será un enemigo, un asocial, un pardillo o un freakie. Y no se habla de política sino de una "normalización" de las almas que va mucho más allá.

Palpamos en esto el núcleo de la ideología totalitaria de la LOGSE, impuesta –he ahí su sórdida grandeza- también a los enemigos políticos de los autores de la Ley. "¿Quién eres tú para enseñarme a mí?" Parece la voz del Ángel Caído, y bien puede serlo, pero es simplemente lo que, como consecuencia de la normalidad LOGSE, cada día se palpa en las aulas, en las calles, en la que los rebeldes contra el Reich llamaron "vida cotidiana paralizante" y que ahora se nos presenta como ideal de vida. Ya Aristóteles opuso la "vida ordinaria" a la "vida recta" (y no dijo que la segunda fuese más cómoda, fácil o atractiva). En un requiebro totalitario que apenas percibimos, se está llevando a toda una generación, en nombre de la igualdad, hacia la que se llama normalidad –con sus atractivos primitivos- y que no deja de ser una sumisión de los potencialmente mejores a los efectivamente peores.
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4 comentarios

Gatopardo -

Pero es que la palabra respeto significa reconocimiento y admiración. Por ejemplo, a mí no me puede respetar un buen matemático mis criterios sobre las matemáticas y la geometría porque no sé nada. Cualquiera de esas guarras que están buenísimas me pueden ganar en un concurso de miss Europa: no puedo pretender que el jurado demuestre su respeto por mí dándome el premio... ¿O sí? ¿Qué hago, incordio al catedro matemático para que me respete mi ignorancia y me dé un diploma? ¿Me voy al concurso de Miss Europa y que me respeten ser un poco penosa de ver, y me den el título?
Gracias, me has animado un montón. Voy a intentarlo.

Atlante -

¿Pongo el cartel de cerrado por vacaciones a los temas de "El Pensamiento" y "La información"? Podría ser, Berenice. Pero y mis gatos, qué crees que pensarían de mí si hiciera tal cosa... no puede ser.

Sí, Gatopardo, recuerdo esas discusiones y quizá es que tenemos distintas ideas sobre el respeto. Yo creo que el respeto lo merece cualquiera y que no puedes tomar como justificación la "mayor experiencia intelectual" para tratar de hundir a alguien. El respeto para todos. Ahora bien, el reconocimiento y la admiración adminístrala como más te guste, que esa es completamente tuya y eres libre de asignarla como quieras. Tu sabes perfectamente que es mucho mejor motivar que castigar para que alguien estimule su intelecto, piense, analice, experimente, halle estrategias de pensamiento eficaces y en definitiva, crezca intelectualmente.

Gatopardo -

Esto me recuerda viejas discusiones: el respeto y la autoridad moral digna de tenerse en cuenta, eran los premios a quienes realizaba grandes hazañas, hacían descubrimientos importantes, eran benefactores de la humanidad, y con la moda del respeto indiferenciado, para todos, resulta que a un imbécil moral (ahora se les llama psicópatas), a un simio emocional completamente egoísta, a una nulidad intelectual nos dicen los apostoles de la igualdad que merecen respeto.
Y la lógica, que es muy cabezona, me dice que hay gente que me sobrepasa, me produce admiración y podría ser un modelo, mientras que otra gente ni me llega al zancajo y no me produce otra cosa que irritación y pena.
No todos los maestros son sabios; pero lo que es seguro es que ninguno de los alumnos lo son. Y la moda actual es considerar que el criterio de un necio vale tanto como el criterio de un genio. Y no.

Berenice -

Muy interesante el ártículo. Tanto que casi me da pena no analizarlo con más precisión. Pero es que acabo de cerrar el chiringuito del trabajo y la LOGSE, su reforma, la LOCE, su re-reforma y la madre que les parió a todos, me resbalan...
Un único apunte: Donde se dice "normalidad", debería escribirse "mediocridad", "borreguismo", "ciudadano maleable e inculto, pero consumista modélico, votante ciego....)
¿Ve lo que pasa por ponerme un anzuelo tan suculento? Que ni en vacaciones me puedo relajar... ¡Qué le den dos duros, señor Atlante! Hableme de gatos, de barquitos de vela en la lejanía de la costa, de incendios atroces que se han cargado media provincia... de lo que quiera menos de "educación". Que se me vuelve a encender la sangre y puede ser muy malo para mi salud.
Un besito desde la isla semicerrada por vacaciones...
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